XVI PREGÓN DE SEMANA SANTA-«Y SEVILLA PIDE ESPERANZA».

 

“Y Sevilla pide Esperanza”

Viernes de Dolores en Highlands School Sevilla. Otra mañana de Pregón, luminosa, espléndida, como la esperanza que reina en los corazones de todos deseando una nueva primavera sin ataduras, miedos ni restricciones, soñando una nueva Semana Santa. Cuando todo apuntaba a otro año más sin este acto en las condiciones tradicionales, la valentía sin condiciones de nuestro alumno de segundo de Bachillerato Álvaro Ignacio Ruiz-Giménez Pomar ha hecho posible que volvamos a celebrar nuestro Pregón como anuncio literario, sentimental y devocional de la conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Como cada año, el Aula Magna acoge con la solemnidad acostumbrada la pieza oratoria que con tanto mimo e ilusión declamaba Álvaro. Las medidas de prevención por la pandemia hicieron que no pudiese acudir más que el grupo completo de segundo de Bachillerato, aunque ello no impidió que ni el calor del cariño hacia el pregonero fuese el de siempre o más ni que los otros grupos de edades más altas en sus aulas, y hasta las familias desde casa, pudiesen seguir el acto en directo vía nuevas tecnologías.

Con la presencia de Juan Cruzado, Hermano Mayor de la Hermandad del Amor, como invitado de honor, y de Ernesto Sanguino, padre de familia del colegio y reconocido capataz de Sevilla, empezaba el evento con una introducción de la señorita Mercedes Jurado, profesora de Secundaria, en que proponía un recuerdo y homenaje emocionado  a todos los compañeros del Colegio, entre los que contribuyen a nuestra unión el sentimiento cofrade compartido año a año y la ilusión por este acto en nuestro centro.

A continuación, contribuyó en ese arropar al pregonero con que se preparan los previos un canto de nuestra alumna Reyes Ruiz-Giménez Pomar a su propio hermano, grata sorpresa que emocionó a Álvaro y que le pasó el testigo en el ambón.

Antes de sonar la marcha elegida por el pregonero (“Quinta Angustia”) llegó la presentación del mismo a cargo de su compañero de curso Martín Muñoz Barroso, que supo, con el cariño y sentir de sus palabras, proponiendo un precioso retrato del encuentro con su amigo en la cofradía del Amor y describiendo las cualidades y trayectoria cofrade de Álvaro, dar su sitio a quien a partir de ese momento se convertía en absoluto protagonista de las primeras horas de la tarde en nuestras instalaciones. Aquel que con su talante, sabiduría y sensibilidad cofrade y cristiana supo recordarnos qué sentido tiene todo esto de la Semana Santa según Sevilla: hacernos vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo y ponernos a Dios delante, pero que muy cerquita.

Con un golpe simulando el de una pértiga de acólito, empezaba su pieza oratoria nuestro Álvaro para desde el primer momento dejar claro quién está en el centro de todo…

Se alzan los ciriales al cielo

que buscan anunciar el momento.

Se escucha un “venga de frente”

que retumba en los maderos

y entre toda la gente.

Talones pegados al suelo,

caderas que bailan al cielo,

costales se ciñen para soportar tu peso;

calles perfumadas en que el aire

se convierte en incienso,

bandas empujadas a cerrar el cortejo.

Y el centro… ¿quién se sitúa en el centro?

Mi Padre se coloca.

Y en un susurro de su boca

me dice:

“Tranquilo, que ya vengo”.

Era imposible que en un pregón cofradiero en plena pandemia no hubiese alusiones a la nueva situación, esa que nos deja sin cofradías, pero no sin cuaresma, hermandad ni Semana Santa:

            “No besarán tus manos aquellos que desean sentirte entre sus labios para lavar las impurezas del pecado. No hay bandas tocando bajo el puente, ni costaleros en las frías noches de cuaresma con parihuelas ensayando. No hay pescaítos, ni mudás, ni altares de insignias que muestren el esplendor del arte sevillano; no hubo repartos, ni casas de hermandad abiertas al hermano. Las tiendas no colgaron sus capirotes, no se vendieron sandalias de esparto. Los costales guardados en armarios, el ruan y el armiño sin planchar, el tergal en la bolsa… y las dalmáticas y albas colgadas, esperando […]

No habrá Primitivo Silencio en Madrugada, ni el Señor Calé de los Gitanos, ni el Morenito de la O, ni la negra caoba del Calvario, ni El Señor de Pasión por Salvador. El Amor no rasgará el pecho del pelícano para ofrecernos su Sangre; ni tu Cuerpo veremos descender el Jueves Santo, por la tarde, sobre el bronce del canasto. No habrá Mortaja, ni Piedad, ni Soledad Servita, Franciscana o en San Lorenzo. No tendremos el Cortejo del Duelo tras tu urna desfilando, y en San Andrés quedará esperando el Triunfo de la Vida sobre la Muerte que nos anuncia el Paso de la Canina; ni habrá una blanca mañana de Aurora en la que se abre el Sepulcro de Santa Marina proclamando que tu Muerte no es el final”.

            Pese a que, lógicamente, se notó que las hermandades del pregonero son El Amor y La Quinta Angustia, Álvaro huyó de insistir en pasajes dedicados a una sola Imagen o Hermandad y prefirió transmitir ideas generales, sentimientos profundos, nombrando en cada momento a varias, de forma salpicada, y que daban muestra de esa emoción o de esa reflexión a la que nos invitaba:

            Dios está aquí; ¿no lo ves, sevillano? No creas que te ha abandonado. No lo notas ni lo sientes, y a pesar de todo esto su mirada no ha faltado. Él te espera en el Sagrario, en la soledad del templo, en la oscuridad y el silencio de esa iglesia frente a la que pasas cada día. ¿Por qué no vas a verle, descastado? Él está en El Salvador, cargando con su Cruz por tu pecado; o en Heliópolis de Misión; o en la Universidad, esperando al estudiante para darle su Perdón. Él está en la ventana deseando Salud y Buen Viaje al que pasa por San Esteban y se para; o jorobado por el peso del madero en el corazón de Triana; o en Los Remedios, abrazado a su columna para recibir el azote por ti; o esperando el Beso de un Judas cualquiera con el amor más inmenso. Él está orando en el Huerto; o se ha presentado ante el Pueblo en la Calzada romana o clavado en San Pedro. Y recibiendo en San Martín la Lanzada”.

            Tras un recorrido minucioso por los detalles más significativos de la Pasión del Señor, encendiéndonos en todo momento la luz de su significado, el canto a la Madre:

            “Y esa fe que nos queda la encarna Ella, tu Madre. Porque es la esencia, es la piedra angular de tu Vida, es camino hacia Ti, es la luz que nos guía, el faro en la noche, Estrella Sublime; es el Sol, el Refugio, el Socorro, La Hiniesta Señora, la Salud, la Gracia, El Roció de la mañana, el Divino Amor, el Agua de Vida, La Victoria, Patrocinio, ese Valle en Amargura… Las Lágrimas, la Tristeza, las Penas, Soledad y Piedad; las cuentas de Ese Rosario que enmarca su Nombre… Y es la mayor arma que existe, Concepción sin Mancha ni Culpa, Dulce Nombre, Merced, Caridad, Victoria y Paz; es Ángeles y Siete Dolores, Encarnación Coronada y Aurora”.

            Y no podía faltar la alusión al marco, al entorno en que todo se celebra según este pueblo que se entrega a sus tradiciones:

¿Cómo se muere en Sevilla, Señor?

            En Sevilla se muere entre palmas, entre redobles de tambores que nunca terminan; se muere rodeado de niños que Te adoran, se muere entre aplausos y lágrimas. En Sevilla mueres convirtiendo corazones, corazones que te entregan allá por donde vas; en Sevilla se muere saltando al cielo y bajando con el más tenue pulso; en Sevilla se muere con las bolas de la cera de un nazareno; se muere vestido de túnica y de punta en blanco. En Sevilla no se muere azotado, sino arropado y acogido; en Sevilla se muere sonriendo por la belleza; en Sevilla se muere entre saetas cantadas por artistas; en Sevilla se muere delante de unos palcos que esperan tu llegada… En Sevilla se muere delante de un bar o de una casa, en la catedral o en una plaza. […]

            El sevillano está hecho de entrega, de amor. El sevillano se da en el trabajo, con sus compañeros, en la Iglesia pregonando, en las fiestas, en los bares con amigos; el sevillano se entrega acogiendo al extranjero como uno más; el sevillano se da en cada baile, en cada lectura, en cada canto, haciendo arte todo lo que entregamos; el sevillano se entrega al hermano, en la casa de hermandad, en cada ayuda de montaje, en cada culto, en cada junta, en cada voluntariado; pero también en las convivencias, en las tómbolas, en cada tiempo que pasamos juntos. El sevillano se entrega al mundo porque el sevillano se entrega a Dios. El sevillano se olvida de enemigos… y se toman algo juntos. Sevilla está llena de abrazos, besos y apodos cariñosos. Sevilla es incansable y el sevillano aún más… Si alguien dice lo contrario, no conoce su ciudad”.

            Terminando ya su pregón, Álvaro Ignacio recita un hermosísimo diálogo con Jesús donde Éste le demuestra su amor incondicional por los hombres. Aprendida la lección, cierra el pregonero esa conversación:

-Ahora lo veo, Señor,

ahora siento tu amor…

Aunque también se me escapa

pues tengo la incapacidad

de amar como Tú amas.

No soy Juan, ni tengo Mesa…

pero sé con certeza

que quiero ser

carpintero de tu Iglesia.

Ayúdame Señor,

mantente cerca,

y úsame de instrumento

para que te amen en la Tierra”.

           

            Tras la alusión a la Resurrección del Señor (“no busquéis entre los muertos a quien está vivo”), Álvaro culminó su pregón dejándonos una feliz estela de paz y compromiso, que resumía perfectamente toda su pieza, a través de una sentida oración:

            “Oh, Señor, que me has dado la gracia de que con tus virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad, sea capaz de creer en Ti sin sentir nada, de esperar en Ti la salvación de mi alma y la que reina en el cielo, de amar, de amar al mundo sin excluir. Te pido que me ilumines, que no me dejes de lado, que llegue el día en que me encuentre contigo y que ame hasta el extremo para buscar el cielo de aquel que está a mi derecha y a mi izquierda. Y ayúdame a cambiar el mundo por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.  

            Él lo ha dicho”.

            La merecida ovación de despedida y los detalles como recuerdos entregados a los padres del pregonero cerraban el acto, como aquí cierro esta crónica de otro Viernes de Dolores –y van quince- en que nuestro Colegio se llena de esta solemnidad, de esta sevillanía, de este espíritu que tan dichosos nos hace y que da puerta de entrada a la celebración de una nueva Semana Santa. Y este año especialmente agradecidos a la voluntad de Dios, que lo hizo posible pese a las circunstancias. Gracias también, por supuesto, a los asistentes, al presentador,  al pregonero y a su familia y a todo el equipo del Colegio que con la ilusión de siempre se puso manos a la obra para que así resultase. Queden todos con Dios; como dijo Álvaro, “porque solo vivir con ÉL es vivir”.

Angélico Ruiz Morales.